Editorial de las Perspectivas Económicas de la OCDE de junio de 2026, escrito por Stefano Scarpetta, economista jefe de la OCDE, director del Departamento de Economía de la OCDE y responsable adjunto de Asuntos Financieros del G20 y el G7
El conflicto en Oriente Medio se ha convertido en el factor que más condiciona las perspectivas económicas mundiales. La economía global comenzó 2026 más fuerte de lo que muchos habían previsto. La actividad económica demostró una resiliencia notable, respaldada por fuertes inversiones en inteligencia artificial, condiciones financieras favorables y una disminución de las tensiones comerciales. Las perspectivas de crecimiento global parecían encaminadas a una revisión al alza significativa.
Sin embargo, la economía mundial vuelve ahora a estar bajo presión. Las interrupciones del tráfico marítimo a través del estrecho de Ormuz, junto con los daños sufridos en las infraestructuras energéticas, han provocado un fuerte aumento de los precios de la energía y han elevado el costo de los fertilizantes y otros insumos industriales críticos. Estos mayores costos están alimentando las presiones inflacionarias, debilitando la confianza y lastrando la demanda de los hogares y la actividad empresarial.
La evolución del conflicto en Oriente Medio sigue siendo incierta, pero es probable que sus consecuencias económicas se dejen sentir durante algún tiempo, incluso tras su resolución. El abanico de posibles resultados es amplio. Conscientes de esta incertidumbre, hemos elaborado nuestras proyecciones globales a partir de un enfoque basado en escenarios. En lugar de basarnos en una única senda de previsión, el análisis contempla dos posibles trayectorias: un escenario de perturbaciones limitadas en el tiempo, en el que las tensiones remiten relativamente pronto, y otro de perturbaciones prolongadas, con consecuencias negativas más amplias y mucho más duraderas.
En el momento de cerrar esta edición de las Perspectivas Económicas, las perspectivas de un acuerdo de paz parecían ganar fuerza. Una solución duradera al conflicto actual no solo supondría un alivio para la población de la región, sino que también sentaría las bases para resolver las perturbaciones que ha causado en la economía mundial. Si los precios de la energía se moderan de forma paulatina a partir de mediados de 2026, en línea con las expectativas de los mercados de futuros, proyectamos que el crecimiento económico mundial se ralentice del 3,4% en 2025 al 2,8% en 2026, antes de recuperarse hasta el 3,1% en 2027. Se prevé que la inflación anual de los precios al consumo en los países del G-20 aumente hasta el 4,0% en 2026, desde el 3,4% de 2025, para luego moderarse hasta el 3,1% en 2027, conforme vayan disipándose gradualmente las presiones sobre los precios de la energía y los alimentos.
Sin embargo, cuanto más se prolonguen las tensiones, mayores serán los costos económicos y sociales. Si las perturbaciones persisten hasta bien entrado 2027, se prevé que el crecimiento mundial se desacelere de forma significativa, hasta situarse en solo un 2,1% en 2026 y un 1,8% en 2027, lo que podría llevar a algunas economías a entrar en recesión o situarlas al borde de ella. El desempleo aumentaría y la inversión —incluida la destinada a la IA, de elevado consumo energético— se debilitaría significativamente, con un riesgo creciente de correcciones de las valoraciones en los mercados financieros. La inflación mundial aumentaría en 0,4 puntos porcentuales en 2026 y en 1,3 puntos porcentuales en 2027, con presiones al alza derivadas de los altos precios de las materias primas, parcialmente compensadas por una menor demanda final. Las consecuencias serían globales, pero podrían resultar especialmente severas para las economías en desarrollo con escasas reservas energéticas, una mayor proporción del gasto en energía y alimentos en el consumo de los hogares, un margen fiscal limitado y redes de protección social débiles, bajos niveles de ahorro privado y monedas más vulnerables.
Los responsables de las políticas públicas se enfrentan a decisiones complejas. Los bancos centrales pueden, hasta cierto punto, mirar más allá del incremento de precios impulsado por factores de oferta, siempre que las expectativas de inflación permanezcan bien ancladas y se contengan los efectos de segunda ronda. Sin embargo, podría ser necesario adoptar medidas de política monetaria si las presiones sobre los precios se generalizan o si el crecimiento se debilita de forma significativa.
Muchos gobiernos han actuado con rapidez para aliviar la carga que suponen los elevados precios mundiales de la energía para los hogares y las empresas, principalmente a través de medidas de amplio alcance, tal y como se documenta en el registro de medidas de apoyo a precios energéticos de la OCDE y en el capítulo 2. Medidas como la reducción de impuestos y la fijación de precios máximos tienden a debilitar los incentivos para reducir el consumo de energía, lo que resulta especialmente indeseable durante una crisis de suministro energético. Además, pueden tener un costo elevado. El margen fiscal es limitado debido al elevado nivel de deuda pública y a las presiones adicionales derivadas del envejecimiento, el gasto en defensa —analizado en el capítulo 3— y la mayor frecuencia de fenómenos meteorológicos extremos. En este contexto, las medidas de apoyo deberían orientarse cada vez más de forma selectiva para contener los costes fiscales, especialmente si las perturbaciones se prolongan. Asimismo, deberían incorporar cláusulas automáticas de caducidad que garanticen su retirada cuando las condiciones vuelvan a la normalidad.
Si el crecimiento se debilitara considerablemente, como se prevé en el escenario de perturbaciones prolongadas, la responsabilidad de amortiguar el impacto en la actividad económica recaería principalmente en la política fiscal, dado el escaso margen de actuación de la política monetaria. Al mismo tiempo, las decisiones de política económica deberían calibrarse cuidadosamente para no agravar las tensiones en los mercados energéticos, añadir presión inflacionista ni comprometer la sostenibilidad de las finanzas públicas.
Por último, la vulnerabilidad de nuestras economías ante un único punto crítico pone de manifiesto la necesidad de intensificar los esfuerzos para reforzar la resiliencia de las cadenas de suministro —en este caso, especialmente mediante la diversificación de las fuentes de energía— y mejorar la eficiencia energética. A corto plazo, las medidas de emergencia para contener la demanda y la coordinación internacional de las reservas estratégicas pueden ayudar a mitigar parcialmente los efectos de la escasez de suministro, pero la necesidad de invertir más para reducir la dependencia de las importaciones de combustibles fósiles es hoy más acuciante que nunca.
Para más información:
OECD (2026), OECD Economic Outlook, Volume 2026 Issue 1, OECD Publishing, Paris, https://doi.org/10.1787/2d1956f0-en – Reporte completo en inglés con las proyecciones macroeconómicas, los principales desafíos estructurales e información detallada por país.
Perspectivas económicas de la OCDE para países de América Latina
Información detallada por país: Argentina | Brasil | Chile | Colombia | Costa Rica | México | Perú
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