1

Transformar la esperanza en realidad

También disponibe en English | Français | Portugués

Laurence Boone | Economista Jefe de la OCDE
por Laurence Boone,
Economista Jefe de la OCDE

Por primera vez desde que comenzó la pandemia, hay esperanza en un futuro mejor. Los avances en las vacunas y los tratamientos han mejorado las expectativas y la incertidumbre ha disminuido. Gracias a una acción sin precedentes de los gobiernos y los bancos centrales, la actividad global se ha recuperado rápidamente en muchos sectores, aunque algunas actividades de servicios siguen estando afectadas por el distanciamiento físico. El colapso del empleo se ha revertido parcialmente, pero un gran número de personas siguen subempleadas. La mayoría de las empresas han sobrevivido, aunque en muchos casos se han debilitado financieramente. Sin un apoyo masivo por parte de las políticas económicas, la situación económica y social habría sido calamitosa. Se ha evitado lo peor, se ha conservado la mayor parte del tejido económico, que podría reactivarse rápidamente, pero la situación sigue siendo precaria para muchas personas vulnerables, empresas y países.

El camino que tenemos por delante es más prometedor pero desafiante. En el momento de redactar este informe, la cifra mundial de muertos se ha elevado a un millón y medio, nuevas oleadas han afectado a muchos países y la primera ola sigue sin cesar en otros. A la espera de que se distribuyan ampliamente vacunas eficaces o que se produzca algún avance importante en los tratamientos, que esperemos suceda en 2021 para la mayoría, la gestión de la pandemia seguirá tensionando la economía. La actividad económica continuará con menos interacciones cara a cara y fronteras parcialmente cerradas durante algunos trimestres más. Algunos sectores recuperarán fuerza, otros estarán estancados. Las economías en desarrollo o emergentes, donde el turismo es importante, seguirán viendo deteriorar su situación y requerirán más ayuda internacional. Las políticas económicas deberán seguir sustentando la actividad con fuerza, más aún ahora que se vislumbra el final de la crisis sanitaria.

La economía mundial cobrará impulso en los próximos dos años, con el PIB mundial llegando a niveles pre-pandemia a finales de 2021. Después de una fuerte disminución este año, se prevé que el PIB mundial aumente justo por encima del 4¼ por ciento en 2021 y un 3¾ por ciento en 2022. El progreso científico, los avances farmacéuticos, rastreos y aislamientos más efectivos y ajustes en el comportamiento de las personas y las empresas ayudarán a mantener el virus bajo control, lo que permitirá eliminar progresivamente las restricciones a la movilidad. Es importante destacar que las políticas de apoyo a los empleos y las empresas, vigentes desde el comienzo de la pandemia, permitirán una recuperación más rápida cuando se levanten las restricciones. Junto con la reducción de la incertidumbre, estas mejoras deberían fomentar el uso de los ahorros acumulados para alentar el consumo y la inversión. El apoyo fiscal excepcional proporcionado a lo largo de 2020, y que seguirá siendo necesario, dará buenos resultados. El repunte será más fuerte y más rápido a medida que se reabren más actividades, lo que limitará la pérdida de ingresos ocasionada por la crisis.

Proyectamos que la recuperación será desigual entre países, lo que podría conducir a cambios duraderos en la economía mundial. Es probable que los países y regiones con sistemas eficaces de testeo, rastreo y aislamiento, donde la vacunación se implementará rápidamente, tengan un desempeño relativamente bueno, aunque la debilidad general de la demanda mundial los frenará. Se proyecta que China, que comenzó a recuperarse antes, crecerá con fuerza, representando más de un tercio del crecimiento económico mundial en 2021. Las economías de la OCDE se recuperarán, creciendo al 3,3% en 2021, pero recuperándose solo parcialmente de la profunda recesión de 2020. La contribución de Europa y América del Norte al crecimiento mundial seguirá siendo menor que su peso en la economía mundial.

Las perspectivas siguen siendo excepcionalmente inciertas, con riesgos tanto al alza como a la baja. Del lado positivo, campañas de vacunación eficientes y una mejor cooperación entre países podrían acelerar la distribución de la vacuna en todo el mundo. Por el contrario, el resurgimiento actual del virus en muchos lugares nos recuerda que los gobiernos pueden verse obligados nuevamente a endurecer las restricciones a la actividad económica, especialmente si la distribución de vacunas efectivas avanza lentamente. Y la confianza se vería afectada si la distribución de la vacuna o los efectos secundarios resultaran decepcionantes. El impacto en la economía podría ser grave, lo que a su vez aumentaría el riesgo de crisis financieras para deudas soberanas y empresas frágiles, con efectos secundarios globales.

A pesar de la enorme ayuda proporcionada por las políticas económicas, e incluso en un escenario optimista, la pandemia habrá dañado el tejido socioeconómico de los países de todo el mundo. Se prevé que la producción se mantenga alrededor de un 5% por debajo de las expectativas previas a la crisis en muchos países en 2022, lo que aumentará la posibilidad de que la pandemia haya causado costos permanentes y sustanciales. Los más vulnerables seguirán sufriendo de manera desproporcionada. Las empresas más pequeñas tienen más probabilidades de quebrar. Muchos trabajadores con salarios bajos han perdido sus trabajos y, en el mejor de los casos, solo están protegidos por el seguro de desempleo, con escasas perspectivas de encontrar nuevos trabajos pronto. Las personas que viven en la pobreza y, que por lo general están peor resguardadas por las redes de seguridad social, han visto cómo su situación se deteriora aún más. Los niños y jóvenes de entornos menos favorables y los trabajadores adultos menos calificados, en particular, han tenido dificultades para aprender y trabajar desde casa, con daños potencialmente duraderos.

Los gobiernos tendrán que seguir utilizando sus medidas activamente, con una mejor focalización para ayudar a los más afectados por la pandemia. El hecho de que se vislumbren las vacunas sugiere que este no es el momento de reducir el apoyo, como se hizo, demasiado pronto, después de la crisis financiera global. Sino que confirma que las políticas sanitarias y económicas deben ir de la mano. Las medidas de salud pública deben incrementarse para limitar el impacto de rebrotes y las restricciones asociadas. También es fundamental que los responsables de la formulación de políticas económicas garanticen un apoyo fiscal continuo para mantener en pie los sectores, las empresas y los puestos de trabajo asociados. Las lecciones de los últimos nueve meses muestran que proceder de tal manera fue y sigue siendo apropiado. Las políticas monetaria y fiscal deberán seguir trabajando vigorosamente en la misma dirección, al menos mientras la crisis sanitaria amenace actividades económicas y empleos que de otro modo serían viables.

El aumento del activismo de las políticas económicas no tiene por qué originar preocupación si tiene como misión lograr un crecimiento mayor y más justo. El amplio apoyo fiscal está llevando los niveles de deuda pública a niveles récord, pero el costo de la deuda se encuentra en mínimos históricos. Una característica notable de las perspectivas es la ausencia de correlación entre el alcance del apoyo fiscal y el desempeño económico resultante, lo que sugiere que no todas las medidas se han utilizado de manera apropiada. El apoyo monetario y fiscal en marcha no tiene precedentes y no se puede desperdiciar. Debe canalizarse hacia un crecimiento económico mejor y más fuerte. Hay al menos tres prioridades. Primero, invertir en bienes y servicios esenciales como educación, salud, infraestructura física y digital. En segundo lugar, acciones decisivas para revertir de forma duradera el aumento de la pobreza y la desigualdad de ingresos. En tercer lugar, cooperación internacional: el mundo no puede resolver una crisis global mediante acciones individuales y encerradas en sí mismas.

Redirigir el gasto público hacia bienes y servicios esenciales indicaría que los gobiernos han aprendido lecciones de la crisis. La necesidad de una mayor resiliencia debería impulsar la inversión pública y privada en salud, educación e infraestructura. La resiliencia de los sistemas sanitarios no depende solo de la distribución de la vacuna y del número de camas en unidades de cuidados intensivos, sino también de medidas de prevención y el acceso asequible a la atención médica para todos. Incrementar la resiliencia también requiere invertir en habilidades, garantizar mejores resultados en educación y en el mercado laboral y, en última instancia, un crecimiento y un bienestar más elevados. Se debe comenzar por más recursos y mejor orientados para los primeros años de educación, personal educativo mejor remunerado y capacitado, así como apoyo a la formación continua, especialmente para los grupos vulnerables, incluidos los padres en dificultades. Con demasiada frecuencia, las crisis anteriores han dado como resultado una menor inversión y brechas de infraestructura duraderas, incluso en el área digital y en el de la energía descarbonizada. Esto necesita cambiar.

Deberá intensificarse el apoyo a los más vulnerables, especialmente los niños, los jóvenes y los menos calificados, quienes no han sido totalmente resguardados de la crisis. Los sistemas educativos pueden mejorar en muchos países, aprovechando las lecciones extraídas de la crisis. Los gobiernos deben invertir para garantizar que todos los hogares, profesores y alumnos puedan acceder a banda ancha de buena calidad y estén equipados para la educación digital, especialmente aquellos en entornos desfavorecidos. La crisis ha mostrado la urgencia de mejorar las habilidades digitales. También ha revelado deficiencias en los sistemas de apoyo social. La política fiscal debería estar mejor dirigida a los grupos vulnerables fuera del sistema de bienestar habitual y que no son elegibles para la ayuda adicional proporcionada hasta ahora. Esto beneficiaría tanto a los grupos vulnerables como a la sociedad en su conjunto.

Finalmente, la cooperación internacional se ha debilitado en los últimos años, justo cuando se necesita más que nunca. La crisis financiera “global” fue principalmente una crisis de algunas economías avanzadas, pero desencadenó una respuesta cooperativa sin precedentes. La pandemia es la primera crisis totalmente global desde la Segunda Guerra Mundial: las respuestas nacionales han sido masivas, pero con fronteras cerradas y poca cooperación. El proteccionismo y el cierre de fronteras no son la respuesta: impiden la distribución de bienes esenciales en todo el mundo y penalizan a las economías que dependen de su participación en las cadenas de valor globales. Esto debe revertirse. Debe organizarse una producción y distribución amplia, rápida y generosa de vacunas y tratamientos médicos eficaces para todos los países. Los foros multilaterales deben reforzar sus actuaciones sobre la transparencia de la deuda y moratorias cuando sean necesarias, mientras que los supervisores deben prestar mucha atención al endeudamiento de las empresas. El mundo debe evitar que la crisis sanitaria y económica se convierta también en financiera.

Esperemos que la respuesta a la pregunta de cómo será el mundo posterior al Covid-19 sea: “quizás casi lo mismo, pero un poco mejor”.

Editorial de las Perspectivas Económicas de la OCDE